Es una apacible tarde en la Piazza della Signoria , a la hora en que el sol frío de invierno pinta en naranja el hombro derecho de Neptuno. Algunas sucias palomas escudriñan restos comestibles bajo la mesa. Charles prende otro pitillo. Su acompañante rubia pisotea la baldosa y los repugnantes pájaros escapan volando como murciélagos abandonando la cueva entre las piernas de Bukowsky, que maldice a las palomas, a la chica rubia y a toda la plaza. The Dude tiene que agacharse al paso de las aterrorizadas palomas y el Ruso Blanco que sostiene en su mano derecha escupe un chorro que aterriza en su camiseta negra, justo entre el " Me" y el " tallica ". The Dude abre los brazos como alas de gaviota, y mira a su camiseta negra, que ahora luce, además, un lamparón blancuzco y húmedo. En su ala derecha, lo que queda del Ruso Blanco , en la otra, lo que queda del porro. Oigo claramente su “Maaaann…” (que me hace sonreír) Ajusta su melena como lo...
de la fantástica realidad