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Culpable de nada

No sé qué día, ni qué año, ni cómo ni por qué llegué a ese recargado salón donde, al parecer, vivía mi amigo Alberto. No recuerdo el momento en que decidí sentarme en ese sillón de mimbre y tampoco recuerdo qué me impulsó a fijarme en ese bidón de cristal verduzco con tapón de corcho.

Toqué la enorme botella verde y noté un movimiento rápido, supuse que dentro habría un ratón. -Alberto y su manía con los bichos- pensé.

-Es un lagarto- me gritó Alberto desde la cocina.

La curiosidad me animó a agarrar y alzar la botella para ver más de cerca al reptil. Era más grande de lo que esperaba, la piel más clara de lo que suponía para un lagarto, los ojos amarillos de canicas pulidas y brillantes, la boca puntiaguda de serpiente venenosa.

 –Lo encontré en el jardín- matizó Alberto desde una habitación desconocida.

El lagarto clavó sus ojos de vidrio amarillo en los míos. Sus garras se apoyaron en el cristal componiendo una síncopa de dos leves tintineos terribles.

Tras ese extraño parpadeo invertido de los lagartos disparó su lengua bífida y acercó su cara a la mía.

Repugnado por la escena volví a dejar la botella en su sitio y me recliné haciendo crujir el mimbre del sofá.

 Miré otra vez a la botella y un escalofrío recorrió mi nuca. la botella yacía en el suelo vacía, el tapón giraba junto a ella como peonza, silencioso. –¡Alberto!- grité. Nadie contestó.

De pronto el lagarto saltó sobre mi pecho, me incliné tanto que puede notar las fibras de mimbre resquebrajándose en mi espalda.

El lagarto se alzó sobre sus dos patas traseras otorgándole una imagen casi humana y esputó –¿Ahora qué?... ¿Ahora quién mira a quién?.

El pánico se apoderó de mis sentidos, no podía articular palabra, ni mover un músculo para quitármelo de encima.

Entre balbuceos conseguí decir. –Yo no te metí ahí, soy inocente ¡¡Inocente de todo!!- A lo que el Lagarto inquirió –Eres culpable-

 –¡¡No!!- reaccioné -Esta no es mi casa, yo no te capturé en el jardín, no te metí en esa botella ¡Soy inocente! ¡Inocente de todo esto!

Con voz más profunda y pausada sentenció – No eres inocente de todo, eres culpable, culpable de nada, porque nada hiciste para liberarme.

Y desperté.

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