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Palomitas

 

                                                                 Palomitas

 

 

 

Al principio, por aquello de la primera vez, disfrutaba tecleando mi realidad. Esa realidad blancuzca, dura y seca, como de viejos excrementos de perro al sol que es la realidad de uno. (Aquí iba a escribir una metáfora sesuda pero ya os imagináis cómo es revolcarse en vuestra propia realidad, así que nada de metáforas rebuscadas). Como decía, disfrutaba escribiendo, buscando la palabra justa, precisa, la frase elocuente y original al tiempo que mi ego se emocionaba descubriendo al Cortázar que yo creía ser.

 

La catástrofe no tardó en llegar. Uno escribe y luego se lee. Leerse a sí mismo es semejante a olerse su propio pedo, no huele tan mal como el pedo del otro, pero estás oliendo un pedo al fin y al cabo. (Siento tanta escatología, pero no soy escritor remilgado, qué cojones, no soy escritor)

 

Aún así, quería seguir escribiendo. Por alguna razón sentía la necesidad de teclear mis tufos de realidad. Pudiera ser porque me hacía sentir mejor, o que mi ego no tenía el olfato demasiado fino, o vete a saber por qué. Escribí 148 páginas de auténtico hedor mientras mi realidad seguía con cierta ventaja temporal. Dejé de escribir cuando el texto la alcanzó, y, claro, escribir un diario de pestes me parecía cursi y nada apropiado para mis 48 vueltas al sol.

 

Sería como en la página 130 cuando ya empezaba a vislumbrar que, lo que en realidad me emocionaba, no era escribir. Lo que de verdad haría que mi vida fuera feliz sería ser su espectador. Sí, porque cuando ves una película, corrijo, una buena película, el que disfruta no es el protagonista (aunque se esté cepillando a la rubia buenorra).

 

El que de verdad lo goza es el espectador.

 

Me di cuenta que ser espectador de tu vida es la hostia. Puedes volar y la kriptonita es un puto cristal verde.

 

De repente, dejas de involucrarte en los problemas de los demás, dejas de salir escaldado de movidas ajenas, tu realidad se aclara, se limpia tanto que, joder, es que… Ni los pedos huelen.

 

 Ser espectador de tu vida es genial, simplemente, te pones cómodo, sacas unas palomitas y… ¡¡A vivir!!.

 

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