Los martes, a eso de las siete de la tarde, soy un SEÑOR, así,
con mayúsculas. Uno de esos caballeros que moderan su elegancia para no parecer
excesivamente arrogantes. Ardua labor, ya que, los martes, a eso de las siete
de la tarde, gozo de una distinción exquisita.
Los martes, a eso de las siete de la tarde, Beatriz me
saluda con su mirada sonriente, sus labios carnosos se abren como dos pétalos
de rosa descubriendo su perfecta dentadura de blanco lumínico, al tiempo que
ladea su cabeza en un gesto de amable seducción intencionadamente mal escondida. Su
blusa vaporosa revela la juventud que su maquillaje facial se empeña en arruinar. Más
que un saludo es casi una reverencia; “Buenos días, señor. ¿Cómo está?”. Como
caballero que soy, intento, forzosamente, desviar mi mirada que apunta furtiva a
su turgente escote. Cuando al fin lo consigo, le devuelvo el saludo con la mejor
de mis sonrisas.
Desde el fondo de la estancia, Yolanda, una belleza nórdica
de lisos cabellos de rubio brillante y piel sedosamente blanca, me ofrece un
café, que, naturalmente, mi excelsa educación, cortésmente rechaza. Cada martes a eso de
las siete y cinco de la tarde, Yolanda intenta complacerme presentándome toda una gama de diferentes
sabores italianos, y cada martes, a eso de las siete y cinco de la tarde, le
vuelvo a recordar, con mi forzadísimo acento francés, la tenaz fidelidad que profeso por el Noir Ardent.
Alfonso, un joven impecablemente
enfundado en un traje Tailored negro, rompe mi flirteo pueril con Yolanda mientras se
ajusta el nudo Windsor de su corbata roja, y me pregunta si estoy satisfecho
con mi máquina. A lo que le respondo, como cada martes a eso de las siete y seis
de la tarde, que, en efecto, estoy muy contento y complacido.
Los martes, a eso de las siete y diez de la tarde, abandono el lugar, donde, por unos diez minutos, y sin saber la razón ( ni queriendo averiguar),
soy tratado con un refinado respeto aristocrático.
Cada mañana, en la soledad de la cocina fría, sonrío pensando
en los tesoros que esconde la blusa de Beatriz, y en el cabello dorado de
Yolanda. Hasta sonrío pensando en la corbata de Alfonso.
Cada mañana rastreo en el periódico alguna oferta de trabajo que permita sufragar las deudas que se amontonan junto a las alargadas cajas cerradas
de Noir Ardent y, al terminar mi tazón de leche caliente, vuelvo a sonreír pensando en que ni
siquiera me gusta el café.
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