Es una apacible tarde en la Piazza della Signoria, a la hora en que el sol frío de invierno pinta en naranja el hombro derecho de Neptuno. Algunas sucias palomas escudriñan restos comestibles bajo la mesa. Charles prende otro pitillo. Su acompañante rubia pisotea la baldosa y los repugnantes pájaros escapan volando como murciélagos abandonando la cueva entre las piernas de Bukowsky, que maldice a las palomas, a la chica rubia y a toda la plaza.
The Dude tiene que agacharse al paso de las aterrorizadas palomas y el Ruso Blanco que sostiene en su mano derecha escupe un chorro que aterriza en su camiseta negra, justo entre el "Me" y el "tallica". The Dude abre los brazos como alas de gaviota, y mira a su camiseta negra, que ahora luce, además, un lamparón blancuzco y húmedo. En su ala derecha, lo que queda del Ruso Blanco, en la otra, lo que queda del porro. Oigo claramente su “Maaaann…” (que me hace sonreír) Ajusta su melena como lo haría un caballo y continúa su paseo impreciso hasta que mi vista lo pierde entre cien turistas japoneses, que acribillan la fachada del Palazzo Vecchio a base de ráfagas Canon.
Al abrigo de la Loggia de Lanzi, Woody Allen se acomoda las gafas para observar la belleza cruel de Perseo y yo lamento no estar cerca para escuchar la frase ingeniosa que masculla.
A unos diez metros de la estatua de Cosme I distingo a Tom Waits y, para mi grata sorpresa, desenfunda una guitarra. Al poco, Sins Of My Father llena el aire de toda la plaza.
Un hermoso pie desnudo se mueve al compás. Mis ojos recorren la pierna hasta que la mesa interrumpe mi viaje. Salto la mesa con un parpadeo y continúo mi excursión hasta descansar la vista en unos pechos firmes como pequeñas pirámides. De pronto, una mano se interpone entre los pequeños Keops y Kefren, ( bueno, no tan pequeños) y agarra un cubata. Ahora sigo al cubata que se acerca suave a los labios de Marilyn, que, antes de beber, suelta una carcajada que hace temblar las pirámides. Probablemente Billy Wilder fuera el causante del chiste.
Es extraño,
debo llevar más de una hora y el hombro de Neptuno continúa naranja.
Llamo al camarero con esperanza de que me sirva otra cerveza, éste se gira y puedo ver a Jack Lemmon sentado y riendo con un puro habano entre los dientes. Me doy cuenta que hay dos tipos de personas, las que ríen con los ojos y las que no, Jack es de las que sí.
El camarero se parece al abogado que llevó mi caso de divorcio, o más bien, que arruinó mi caso… No le doy importancia y le pido otra cerveza y la cuenta. Mi abogado, perdón… el camarero, me dice que no me preocupe, que invita aquel caballero, mientras señala a Walter Matthau que comparte mesa con el Sr. Lemmon. Walter me mira levantando su copa e inclinando la cabeza, con ese gesto suyo tan… suyo.
De pronto,… ¿Sofía Loren?.... pero… no puede ser… ¡parece que tenga 20 años! ¡Sí! ¡Es ella!... y,… se acerca…
-¿Sofía?- Pregunto aturdido.
– La misma- responde sonriente.
-No te había reconocido… tan…
- ¿Joven?- anticipa.
- Eh…sí- afirmo, avergonzado. – Es como si hubieras hecho un pacto con el Diablo- me atrevo a añadir.
- En efecto, eso hizo.- Dijo una voz masculina, que me es familiar.
Detrás de Sofía, la escultural, la joven, la bellísima Sofía, aparece Groucho Marx y subraya con ese aire despreocupado e inteligente. – Una firma tan bella y delicada como su propietaria-. y dibuja en el aire la silueta de la joven Sofía, al tiempo que aletea sus cejas, como flipers de una máquina pinball, para acentuar la pantomima.
-Entonces… (titubeo)… Usted, … Groucho…es…
-¡¡El DIABLO!!- me interrumpe y continúa – Pero puedes llamarme “El tío Julius” ¡¡Bienvenido al Infierno!!.
-Luego… Debo haber muerto....y… Esto… ¿Esto es el infierno?
-Caramba,
muchacho- replica Groucho y añade. – Otro sordo en la familia- Y me indica, ladeando su cabeza a Beethoven, que, con paso firme, cruza la plaza.
Salto de la mesa eufórico, beso a Sofía como poseído por una alegría desbordante y desconocida hasta ese momento, y abrazo a Groucho gritando - ¡Gracias! ¡Gracias!
¡Gracias!.
Comentarios
Publicar un comentario