…Tras atravesar las verdes estepas de Shilin Bogd pude al fin divisar la frontera que me aguardaba con aromas de canela y pimienta de Xinjiang. Mis pies magullados me condujeron a Xilin Gol, lugar donde conocí a Huo Cong, un sabio anciano que me instruyó en la técnica sagrada del Do-in a cambio de mi trabajo en aquel pozo inmundo. Seis años más tarde, las serpenteantes sendas de Hilsa me guiaron hasta el albor de la misteriosa India.
En los picos de Kanda fui atacado por un tigre de montaña que, asustado por campesinos, huyó con mi mano derecha entre sus fauces. Los propios campesinos nepalíes me salvaron de una muerte segura gracias a sus arcaicas técnicas curativas y sabiduría ancestral. Aunque manco, les devolví el favor acarreando la argamasa que sostendría a las piedras del nuevo templo. Mi gratitud duró dos años subiendo la mezcla de graba y barro hasta la cumbre de aquella árida montaña.
Recorrí el nordeste de La India hasta llegar a Nagpur. El destino me presentó a Ranjit, un anciano ciego que me introdujo en el arte de la meditación Vipassana. Debido a ese conocimiento pude soportar la picadura de una cobra Real hasta llegar consciente al único hospital de Turipati. Perdí la sensibilidad en mi rostro y tuvieron que extirparme mi ojo izqierdo, pero lograron salvarme la vida, otra vez.
Con el objetivo de alcanzar la costa de Sri Lanka, conseguí enrolarme en un pequeño y viejo navío pesquero de Rameswaram. Las técnicas de relajación aprendidas me sirvieron para controlar mi apnea y bucear en la búsqueda de preciadas ostras. El tiburón toro se acercó curioso y se alejó. Advertidos por la aleta dorsal del escualo, los marineros me ayudaron a salir del agua. Casi había conseguido subir a la barca cuando resbalé en el borde de estribor. En el desliz, me arañé la pierna con un clavo saliente y caí de nuevo al mar. La sangre de mi herida reciente fue un jugoso reclamo para el tiburón que apareció de la nada (o mi nada izquierda), esta vez no hubo miradas fisgonas, y atacó a mi pierna sin miramientos. Conseguí zafarme golpeando con mi muñón diestro en el morro del animal. Abordé la barca con un pie izquierdo menos.
Mi destino estaba cerca. Ayudado por la muleta, que el pescador Selan talló con madera de peradeniya, pude alcanzar los montes de Murikandy.
Sólo quedaba
subir los 541 escalones para encontrarme con El Maestro y así poder formularle la gran pregunta, resolver el gran enigma, la gran incógnita, averiguar la duda que me había llevado a emprender el largo viaje, la gran aventura que se había cobrado años de trabajo, una mano, un pie, un rostro y un ojo. 541 escalones me separaban de conocer la razón de la existencia, de poseer el secreto Del Sentido de la Vida.
Una grieta en el escalón 238 hizo tambalear mi muleta y 132 escalones golpearon mi cuerpo hasta estampar mi cara insensible en el 160. Tras recobrar el conocimiento noté un zumbido en mi oído derecho, toqué la oreja y sentí como mi única mano estaba bañada en sangre. El silbido paró, y jamás volví a escuchar por ese lado.
Encaré de nuevo la infinita escalera, esta vez con pulcro cuidado hasta llegar a la cumbre.
Sentado bajo aquel enorme árbol, inapropiado para aquella alta cima, El Maestro, meditaba.
Y fue entonces cuando, al fin, me reveló la respuesta a la gran pregunta…
-¿Y qué te dijo El Maestro?... ¿Cuál es el sentido de la vida?
¡Sí, claro!, te lo voy a decir a ti… notejode…
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