Nada más verla supe que era la mujer de mi vida.
Cuando su mano acomodó delicadamente aquel mechón centelleante
tras su porcelánica oreja, supe que era la mujer de mi vida.
Cuando pasó la página, acariciándola después, con la suavidad
de quien contempla una fotografía añorada, supe que era la mujer de mi vida.
Cuando insertó aquel marca páginas de flores bordadas en
hilo verde con destreza cirujana, lenta y precisa, supe que era la mujer de mi
vida.
Cuando guardó el libro en aquel ancho bolso de cuero viejo,
con la ternura de la madre que acuesta a su retoño en la cuna, supe que era la
mujer de mi vida.
Cuando se alzó y atusó la vaporosa falda con aquel gesto
furtivo y veloz que ondeó su tela como bandera en mi universo, supe que era la
mujer de mi vida.
Cuando sus talones, como tiernos melocotones tardíos, hundieron
suavemente la suela dúctil de aquellas chanclas floridas, supe que era la mujer
de mi vida.
Cuando aferró aquella barra, erguida como una diosa helénica
custodiando el templo de mis sueños, supe que era la mujer de mi vida.
Cuando se abrieron las puertas, como garras retráctiles de
aquel dragón metálico, la mujer de mi vida abandonó el vagón.
Cuando me engulló la oscuridad de aquel túnel vacío, supe
que había perdido, para siempre, a la mujer de mi vida.
Cuantísimas veces he tenido esa misma sensación yendo en un tren y sabiendo que si no actuaba, jamás volvería a verla. En todas esas ocasiones, así fue...
ResponderEliminarEn el móvil me permite contestar ahora... No entiendo nada. Gracias por comentar y porque te gustó . Esa situación creo que la ha tenido todo el mundo.
ResponderEliminar