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El Hijo de Puta


                                                    

El Hijo de Puta es un caballero de costumbres. Cada noche a las 22:30 da cuerda a su viejo despertador. La hora que señala la desteñida y fina aguja casi roja, las 7:35.

Amanece en el dormitorio de El Hijo de Puta. Su señora esposa espera con resignación en su lado de la cama a que termine el concierto estridente en Sí bemol del dichoso despertador de campana, por cierto, regalo de su suegro, el Señor Hijo de la Grandísima Puta.

El Señor Hijo de la Grandísima Puta acumuló cierta fortuna en los años 60 dirigiendo una empresa textil. Fue el responsable de una de las mayores torturas jamás maquinada por la mente de un hombre, o como a él le gustaba llamarla “Su creación”. No fue otra cosa que añadir cremalleras metálicas como cierre a las almohadas.
 (El muy hijo de la grandísima puta…)

El repicar en Sí bemol irritante termina y la señora esposa de El Hijo de Puta vuelve a respirar. Se gira envolviéndose en la sábana al tiempo que sus labios dibujan una sonrisa sutil.

A El Hijo de Puta le gusta disfrutar de su ducha matutina de 7:37 a 7:59. Ese tiempo de relajante chorro a 31 grados centígrados no es capricho de El Hijo de Puta, si no que obedece a la capacidad de agua del calentador.

 A El Hijo de Puta no le gusta desayunar en casa, por contra, lo hace frente a su portal, en el “Café Matías”, una gastada cafetería regentada por el señor Don Ramón, viejo como su nombre y su coñac.

Aunque Don Ramón sabe de sobra lo que El Hijo de Puta pedirá, El Hijo de Puta, como señor de costumbres que es, le solicita: Café descafeinado largo de máquina con dos gotitas de leche desnatada fría en vaso de cristal, una tostada con tomate, toque de orégano, y no demasiado aceite bajo cinco copos de sal gorda.

Don Ramón no puede remediar mover sus labios, cual ventrílocuo, mientras El Hijo de Puta recita su cargante pedido con ademanes de ritual pomposo. Don Ramón se pregunta si El Hijo de Puta, algún día, añadirá “gracias” a su parrafada remilgada.

El Hijo de Puta se acomoda en el que él considera su sitio. Últimamente, un joven con mono azul y maleta propia de fontanero o electricista parece que se le ha antojado desayunar relativamente cerca, es algo que al Hijo de Puta le irrita especialmente.

El Hijo de Puta termina su desayuno dejando a Don Ramón un bodegón de migas, aceite flotando en el café y una metralla de monedas de céntimo esparcidas en la mesa como agujeros de bala en el el Ford V8 Model B de Bonnie and Clyde.


   
El Hijo de Puta baja al garaje comunitario a por su coche, un Audi negro que ocupa su plaza, y media de su vecino, Vicente.
(Por alguna razón que desconozco a El Hijo de Puta le encantan los Audis).

El Audi negro de El Hijo de Puta va equipado con toda suerte de dispositivos electrónicos de última generación.
Más que una norma, más que una ley, más incluso que una religión, para El Hijo de Puta, no usar el intermitente, es una tradición.

A las 9:00 El Hijo de Puta se aposenta en su pulcro despacho aséptico.
Gracias a la herencia familiar consiguió levantar una empresa dedicada a la restauración y elaboración de dulzainas.
 (dulzainas…qué hijo de puta)…

Es todo un personaje El Hijo de Puta, pero no merece más texto por mi parte. Quizá, algún día contaré historias de otras vidas. Como la de Don Ramón, ese viejo solitario y su manía de escupir en el café de clientes arrogantes, o la de Alberto, el joven fontanero atraído por mujeres maduras y cansadas de esposos tediosos, o quizá la historia de Vicente, un desequilibrado pirómano fascinado por incendiar coches de alta gama.  

Pero eso será, quizá, en otra ocasión.








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